
Durante décadas, los acuíferos fueron considerados reservas silenciosas, casi inmutables. Sin embargo, el cambio climático ha comenzado a alterar ese supuesto equilibrio. Las variaciones en los patrones de precipitación, el aumento de las temperaturas y la mayor frecuencia de eventos extremos están modificando la forma en que el agua se infiltra, se almacena y se renueva bajo tierra. El impacto no siempre es inmediato, pero sí acumulativo. Y, con el tiempo, se vuelve visible en el rendimiento de los pozos de agua.
Comprender esta relación es clave para quienes dependen del recurso subterráneo, ya sea en contextos agrícolas, industriales o de abastecimiento humano.
El cambio climático afecta a los acuíferos principalmente a través de alteraciones en los procesos de recarga y descarga, modificando el balance hídrico natural. Estas transformaciones repercuten directamente en el caudal disponible y en la estabilidad operativa de los pozos.
Uno de los efectos más evidentes es la reducción de la recarga. Las lluvias son menos frecuentes, más irregulares y, en muchos casos, más intensas. Este patrón favorece la escorrentía superficial y limita la infiltración profunda.
Menos infiltración significa menor renovación del acuífero, lo que se traduce en descensos progresivos del nivel freático. Los pozos comienzan a requerir mayor profundidad de bombeo y, eventualmente, pierden rendimiento.
El incremento de la temperatura eleva la evapotranspiración del suelo y la vegetación. Esto reduce el volumen de agua que logra alcanzar los estratos subterráneos.
En regiones semiáridas, este fenómeno puede ser crítico. Una parte significativa del agua precipitada se pierde antes de contribuir a la recarga, afectando la sostenibilidad de los pozos existentes.
Las lluvias torrenciales, cada vez más frecuentes, no siempre benefician a los acuíferos. Aunque aportan grandes volúmenes de agua, su velocidad de escurrimiento impide una infiltración efectiva.
Además, estos eventos pueden:
El resultado es un impacto cualitativo y cuantitativo en el rendimiento del pozo.
Cuando la recarga disminuye y la demanda se mantiene o aumenta, el acuífero entra en un estado de estrés. El nivel freático desciende, obligando a los pozos a trabajar en condiciones menos favorables.
Esto genera:
Con el tiempo, algunos pozos se vuelven operativamente inviables.
En áreas cercanas al mar, el cambio climático intensifica el riesgo de intrusión salina. El aumento del nivel del mar, sumado al descenso del nivel freático, favorece el avance del agua salada hacia el interior del acuífero.
Un pozo afectado por intrusión salina puede perder su utilidad para consumo humano o riego, incluso si el caudal se mantiene.
Frente a este escenario, el diseño tradicional de pozos resulta insuficiente. Es necesario adaptar las estrategias de captación y gestión para enfrentar un contexto climático cambiante.
Esto implica:
En Sondagua incorporamos estas variables climáticas en el análisis y diseño de pozos, buscando soluciones que mantengan el rendimiento sin comprometer el acuífero.
En un entorno climático inestable, el monitoreo deja de ser una opción y se convierte en una necesidad. Medir niveles, caudales y calidad del agua permite anticipar problemas antes de que el pozo falle.
La información continua facilita decisiones oportunas, como reducir el bombeo, redistribuir la extracción o planificar rehabilitaciones.
El cambio climático no elimina los acuíferos, pero sí redefine sus reglas. Los pozos de agua ya no pueden diseñarse ni operarse bajo supuestos estáticos. La variabilidad climática exige flexibilidad, conocimiento y planificación de largo plazo.
Entender cómo el clima afecta la recarga, el caudal y la calidad del agua subterránea permite anticiparse a los impactos y proteger una de las fuentes más estratégicas del recurso hídrico. En este nuevo escenario, la eficiencia de un pozo no depende solo de su profundidad o ubicación, sino de su capacidad de adaptarse a un entorno en permanente transformación.
